El Día Internacional de las Personas Cuidadoras, el 5 de noviembre, invita a reconocer y apoyar a quienes cuidan a familiares con Alzheimer. Detectar señales de agotamiento, compartir responsabilidades y buscar orientación profesional puede ayudar a atender su bienestar y adaptar los cuidados a cada situación.
El 5 de noviembre, Día Internacional de las Personas Cuidadoras, reconoce a quienes acompañan a personas que necesitan apoyo. La jornada también se conoce como «Día del cuidador». La Fundación Pasqual Maragall prefiere la expresión «personas cuidadoras», porque refleja mejor la dimensión humana de esta labor. Además, el cuidado sigue recayendo mayoritariamente en mujeres.
Cuando un ser querido tiene Alzheimer, sus cuidados pueden requerir cada vez más tiempo, energía y dedicación emocional. En ocasiones, las necesidades de quien cuida quedan aplazadas. Reconocer las primeras señales de agotamiento, repartir responsabilidades y buscar orientación son algunas de las medidas que pueden contribuir a que el cuidado sea más sostenible.
Familiares, amistades, profesionales y servicios pueden formar una red de apoyo para atender las necesidades de las personas cuidadoras. Sin embargo, esa red no siempre está disponible o bien organizada. Incluso cuando hay personas cercanas, quien cuida puede sentirse solo ante las decisiones y responsabilidades diarias.
Expresar el cansancio puede resultar difícil por temor a preocupar a otras personas, porque se considera que tienen obligaciones más importantes o porque se piensa que nadie podrá hacerse cargo de la misma manera. También puede suceder que el entorno no advierta el esfuerzo que exige sostener el día a día.
Acompañar a quien cuida supone interesarse por su estado y ofrecer ayuda concreta, sin esperar a que llegue al límite o la solicite. Su bienestar merece atención por sí mismo: también tiene necesidades de salud, relaciones, intereses y proyectos, además del vínculo con su ser querido.
El Alzheimer exige ajustes continuos. A medida que cambian las capacidades de la persona afectada, pueden modificarse los apoyos necesarios, la organización familiar y las expectativas de futuro.
Además de las tareas visibles, cuidar implica anticipar dificultades, coordinar visitas, organizar relevos y estar pendiente de lo que pueda ocurrir. Esa atención puede mantenerse incluso cuando no se está realizando una tarea de cuidado.
La situación varía entre familias: algunas pueden repartir responsabilidades, mientras que otras cuentan con pocos apoyos o deben compatibilizar el cuidado con el empleo y otras obligaciones. Por ello, las recomendaciones de descanso o de disponer de tiempo propio deben considerar cómo hacerlas posibles, así como los servicios disponibles, los recursos económicos y la participación del entorno.
El agotamiento puede aparecer gradualmente. Los cambios respecto al estado habitual de la persona merecen atención, sobre todo si persisten o empiezan a afectar a su vida cotidiana.
Entre las señales físicas pueden estar el cansancio persistente, las dificultades para dormir o la sensación de no recuperarse. En el plano emocional, pueden aparecer irritabilidad, preocupación constante, tristeza o sensación de desbordamiento. También puede costar más concentrarse o resolver tareas habituales.
En la vida diaria, algunas personas reducen sus contactos y actividades sociales, dejan de lado actividades agradables o aplazan sus propias citas médicas. Estos cambios pueden restarse importancia con la idea de «ya descansaré cuando todo esté más tranquilo».
Estas señales no bastan por sí solas para diagnosticar un problema de salud, pero pueden indicar que es momento de revisar las necesidades y los apoyos disponibles. Tampoco se deben atribuir automáticamente al cuidado los síntomas nuevos o persistentes: requieren valoración sanitaria. Reconocer el agotamiento permite compartir lo que está ocurriendo e introducir cambios antes de que el malestar sea intenso.
El autocuidado consiste en atender las necesidades físicas, emocionales y sociales. Puede incluir descansar, mantener relaciones, acudir a revisiones de salud y reservar espacios para actividades significativas. En el contexto del Alzheimer, estas posibilidades requieren una organización de los cuidados que las facilite; la formación y el apoyo también pueden ayudar a afrontar cambios y situaciones cotidianas.
Las propuestas pueden adaptarse a cada caso, sin convertirse en nuevas exigencias:
La red de apoyo familiar se construye mediante acuerdos y participación. Ofrecer una tarea o un relevo definido, como acompañar una tarde a la persona con Alzheimer, facilita la organización más que expresar una disponibilidad genérica.
También ayuda asumir una responsabilidad de principio a fin. Quien se encarga de una gestión puede averiguar qué pasos requiere y completarla, de modo que la coordinación no recaiga siempre sobre quien cuida habitualmente.
Preguntar cómo está la persona cuidadora, escucharla y evitar consejos precipitados puede facilitar que exprese su malestar. También conviene seguir invitándola a encuentros y actividades, con opciones flexibles, y revisar los acuerdos: la organización que funcionaba hace unos meses puede requerir cambios.
Compartir los cuidados exige continuidad y adaptación, respetando también las preferencias y capacidades de la persona con Alzheimer.
Se puede pedir orientación desde el inicio del cuidado, sin esperar a que aparezcan señales de agotamiento. Buscar apoyo con antelación permite conocer opciones y preparar respuestas ante nuevas necesidades.
Si el malestar persiste, dificulta el descanso o afecta a la vida cotidiana, conviene consultar con atención primaria o con profesionales de salud mental. El equipo sanitario puede valorar la situación y orientar sobre la atención necesaria. Los servicios sociales y el personal de trabajo social pueden informar sobre recursos según las circunstancias familiares y el territorio; las asociaciones de familiares también ofrecen orientación y servicios de apoyo.
Una revisión sistemática de estudios publicada en 2025 recoge resultados favorables de distintas intervenciones psicosociales para reducir la percepción de sobrecarga, aunque los beneficios varían entre estudios. Los apoyos, por tanto, deben adaptarse a cada situación; no cabe esperar la misma respuesta para todas las personas. Si el agotamiento se mantiene o aumenta, puede ser útil ampliar la información sobre la sobrecarga y solicitar una valoración profesional.
La Fundación Pasqual Maragall ofrece programas de acompañamiento a personas cuidadoras, con espacios para compartir experiencias, adquirir conocimientos y atender el propio bienestar. Entre ellos figuran grupos terapéuticos presenciales y el programa en línea «Aprende a Cuidar y a Cuidarte».
El 5 de noviembre puede ser una ocasión para convertir el reconocimiento en apoyo a lo largo de todo el año. Preguntar, escuchar, repartir responsabilidades y facilitar descansos son formas concretas de acompañar.
Cuidar a quien cuida empieza por reconocer que sus necesidades también requieren respuesta y que las personas cuidadoras tienen derechos.
¿Cómo se puede apoyar a quien cuida a un familiar con Alzheimer? Con ayuda concreta y continuada: ofrecer tareas o relevos definidos, asumir una gestión completa, preguntar cómo está y escuchar sin precipitarse a dar consejos. También es importante seguir contando con esa persona para encuentros y actividades y revisar los acuerdos cuando cambian las necesidades.
¿Qué señales pueden indicar agotamiento? Cansancio persistente, dificultades para dormir o sensación de no recuperarse; irritabilidad, preocupación constante o tristeza, y problemas de concentración. También pueden reducirse los contactos sociales o aplazarse citas médicas y otros compromisos. Estas señales no permiten por sí solas diagnosticar un problema de salud, pero aconsejan revisar las necesidades y los apoyos.
¿Por qué puede costar pedir ayuda? A veces se evita expresar el cansancio por miedo a preocupar a otras personas, porque se piensa que tienen obligaciones más importantes o porque se cree que nadie podrá hacerse cargo de la misma manera. El entorno también puede no percibir el esfuerzo que exige mantener el cuidado diario.
¿Es habitual sentir culpa al dedicarse tiempo? Puede ocurrir. El afecto hacia la persona cuidada puede coexistir con enfado, tristeza o frustración. La culpa merece atención, pero no convierte el descanso o la petición de ayuda en decisiones equivocadas. Hablar de estas experiencias con alguien de confianza o en un espacio profesional permite abordarlas abiertamente.
¿Cuándo conviene buscar ayuda profesional? Se puede pedir orientación desde el inicio. Si el malestar persiste, dificulta el descanso o afecta a la vida cotidiana, conviene consultar con atención primaria o con profesionales de salud mental. Los servicios sociales y las asociaciones de familiares también pueden orientar sobre recursos.
La información tiene carácter divulgativo y no sustituye el consejo de profesionales sanitarios ni el apoyo psicológico especializado. Si el malestar persiste o afecta a la vida cotidiana, conviene consultar con el equipo de atención primaria o de salud mental de referencia.
Alzheimer’s Association, Caregiver stress; Instituto de Mayores y Servicios Sociales, Día Internacional de las Personas Cuidadoras; Organización Mundial de la Salud, Demencia (3 de julio de 2026).
Poudevida, S., de Sola, S., Brugulat-Serrat, A., Mas-Vall Llosera, G., Castillo, Á., Huesa, G., Piromalli, D. y Gramunt-Fombuena, N. (2022), estudio CuiDem sobre una intervención psicoterapéutica grupal para mejorar el bienestar de personas cuidadoras de un familiar con Alzheimer, Revista de Neurología, 75 (8), 203–211.
Surer, H. K., Yaylagul, N. K. y Helvik, A.-S. (2025), revisión sistemática de intervenciones psicosociales para reducir la carga de familiares que cuidan a personas con demencia, Geriatrics & Gerontology International, 25 (12), 1693–1723.
La dirección técnica y editorial del blog está a cargo de la doctora Nina Gramunt Fombuena, neuropsicóloga y psicóloga general sanitaria con más de 25 años de trayectoria. Su labor clínica, investigadora y docente se ha centrado en el envejecimiento cognitivo y la demencia, particularmente en la enfermedad de Alzheimer. Está colegiada en el Colegio Oficial de Psicólogos de Cataluña con el número 9747.
Ofreciendo ayuda concreta y continuada, como hacerse cargo de un relevo o una gestión, y preguntando cómo está. Conviene revisar los acuerdos cuando cambian las necesidades.
Cansancio persistente, dificultades para dormir, irritabilidad, preocupación constante, tristeza o problemas para concentrarse. Estas señales no bastan por sí solas para diagnosticar un problema de salud, pero aconsejan revisar los apoyos disponibles.
Puede costar por miedo a preocupar, por pensar que otras personas tienen obligaciones más importantes o por sentir que nadie podrá hacerse cargo de la misma manera.
Dedicarse tiempo puede despertar culpa, pero esa emoción no convierte el descanso ni pedir ayuda en decisiones equivocadas. El afecto también puede coexistir con enfado, tristeza o frustración.
Se puede pedir orientación desde el inicio. Si el malestar persiste, dificulta el descanso o afecta a la vida cotidiana, conviene consultar con atención primaria o con profesionales de salud mental.